domingo, 2 de octubre de 2016

Si tú supiera... - Nicolás Guillén

¡Ay, negra
si tú supiera!
Anoche te bi pasá 
y no quise que me biera.
A é tú le hará como a mí,
que cuando no tube plata
te corrite de bachata
sin acoddadte de mí.

Sóngoro cosongo,
songo be;
sóngoro cosongo
de mamey;
sóngoro, la negra
baila bien;
sóngoro de uno,
sóngoro de tré.
Aé,
bengan a be
aé, 
bamo pa be
bengan, sóngoro cosongo,
sóngoro cosongo de mamey!







miércoles, 14 de septiembre de 2016

AVENIDA DE MAYO-DIAGONAL-AVENIDA DE MAYO / Juan Carlos Onetti

Cruzó la avenida, en la pausa del tráfico, y echó a andar por Florida. Le sacudió los hombros un estremecimiento de frío, y de inmediato la resolución de ser más fuerte que el aire viajero quitó las manos del refugio de los bolsillos, aumentó la curva del pecho y elevó la cabeza, en una búsqueda divina en el cielo monótono. Podría desafiar cualquier temperatura; podría vivir más allá abajo, más lejos de Ushuaia.
       Los labios estaban afinándose en el mismo propósito que empequeñecía los ojos y cuadriculaba la mandíbula.
       Obtuvo, primeramente; una exagerada visión polar, sin chozas ni pingüinos: abajo, blanco con dos manchas amarillas, y arriba, un cielo de quince minutos antes de la lluvia.
       Luego, Alaska —Jack London— las pieles espesas escamoteaban la anatomía de los hombres barbudos —las altas botas hacían muñecos incaíbles a pesar del humo azul de los largos revólveres del capitán de Policía Montada— al agacharse en un instintivo agazapamiento el vapor de su respiración falsificaba una aureola para el sombrero hirsuto y las sucias barbas castañas —Tanga’s hacía exposición de su dentadura a orillas del Yukón— su mirada se extendía como un brazo fuerte para sostener los troncos que viajaban río abajo —la espuma repetía: Tanga’s es de Sitka— Sitka bella como un nombre de cortesana.
       En Rivadavia un automóvil quiso detenerlo; pero una maniobra enérgica lo dejó atrás, junto con un ciclista cómplice. Como trofeos del fácil triunfo, llevó dos luces del coche al desolado horizonte de Alaska. De manera que en mitad de la cuadra no tuvo mayor trabajo para eludir el ambiente cálido que sostenían en el «affiche» los hombros potentes de Clark Gable y las caderas de la Crawford; apenas si tuvo un impulso de subir al entrecejo las rosas que mostraba la estrella de los ojos grandes en medio del pecho. Tres noches o tres meses atrás había soñado con la mujer que tenía rosas blancas en lugar de ojos. Pero el recuerdo del sueño fue apenas un relámpago para su razón; el recuerdo resbaló rápido, con un esbozo de vuelo, como la hoja que acaba de parir la rotativa, y se acomodó quieto debajo de las otras imágenes que siguieron cayendo.
       Instaló las luces robadas al auto en el cielo que se copiaba en el Yukón y la marca inglesa del coche, hizo resonar el aire seco de la noche nórdica con enérgicos What que no estaban enterrados en la cámara con sordina sino que estallaron como tiros en el azul frío que separaba los pinos gigantes, para subir luego como cohetes hasta el blanco estelar de la Peñascosas.
       Cuando Brughtton se agachó, cubriendo con su cuerpo enorme la fogata, y él, Victor Suaid, se irguió con el Coroner listo para disparar, una mujer hizo brillar sus ojos y un crucifijo entre la piel de su abrigo, tan cerca suyo que sus codos intimaron.
       En el misterio de la espalda, el chaleco de Suaid marcó dos profundos ecuadores al impulso de la aspiración con que quiso incrustarse en el cerebro el perfume de la mujer y la mujer misma, mezclada al frío seco de la calle.
       Entre las dos corrientes de personas que transitaban, la mujer fue pronto una mancha que subía y bajaba, de la sombra a la luz de los negocios y nuevamente a la sombra. Pero quedó el perfume en Suaid, aventando suave y definitivamente el paisaje y los hombres; y de la costa del Yukón no quedó más que la nieve, una tira de nieve del ancho de la calzada.
       —Norte América compró Alaska a Rusia en siete millones de dólares.
       Años antes, este conocimiento hubiera suavizado la estilográfica del mayor Astin en la clase de geografía. Pero ahora no fue más que un pretexto para un nuevo ensueño.
       Hizo crecer, a los lados de la tira de nieve, dos filas de soldados a caballo. Él, Alejandro Iván, Gran Duque marchaba entre los soldados, al lado de Nicolás II, limpiando a cada paso la nieve de las botas con el borde de un «úlster» de pieles.
       El Emperador caminaba balanceándose, como aquel inglés, segundo jefe de tráfico del Central. Las pequeñas botas brillaban al paso marcial, que ya era la única expresión posible de su movilidad.
       —Stalin suprimió la sequía en el Volga.
       —¡Alegría para los boteros, Majestad!
       El colmillo de oro del Zar lo confortó. Nada importaba nada —energía, energía— los pectorales contraídos bajo la comba de los cordones y la gran cruz, las viajes barbas de Verchencko el conspirador.
       Se detuvo en la Diagonal, donde dormía el Boston Building bajo el cielo gris, frente a la playa de automóviles.
       Naturalmente, María Eugenia se puso en primer plano con el vuelo de sus faldas blancas.
       Sólo una vez la había visto de blanco; hacía años. Tan bien disfrazada de colegiala, que los dos puñetazos simultáneos que daban los senos en la tela, al chocar con la pureza de la gran moña negra, hacían de la niña una mujer madura, escéptica y cansada.
       Tuvo miedo. La angustia comenzó a subir en su pecho, en golpes cortos, hasta las cercanías de la garganta. Encendió un cigarrillo y se apoyó en la pared.
       Tenía las piernas engrilladas de indiferencia y su atención se iba replegando, como el velamen del barco que ancló. Con el silencio del cinematógrafo de la infancia, las letras de luz navegaban en los carriles del anunciador: AYER EN BASILEA — SE CALCULAN EN MÁS DE DOS MIL LAS VÍCTIMAS.
       Volvió la cabeza con rabia.
       —¡Que revienten todos!
       Sabía que María Eugenia venía. Sabía que algo tendría que hacer y su corazón perdía tontamente el compás. Lo desazonaba tener que inclinarse sobre aquel pensamiento; saber que, por más que aturdiera su cerebro en todos los laberintos, mucho antes de echarse a descansar encontraría a María Eugenia en una encrucijada. Sin embargo, hizo automáticamente un intento de fuga:
       —Por un cigarrillo… iría hasta el fin del mundo…
       Veinte mil «affiches» proclamaron su plagio en la ciudad. El hombre de peinado y dientes perfectos daba a las gentes su mano roja, con el paquete mostrando —1/4 y 3/4— dos cigarrillos, como dos cañones de destructor apuntando al aburrimiento de los transeúntes.
       —… hasta el fin del mundo.
       María Eugenia venía con su traje blanco. Antes de que hicieran fisonomía los planos de la cara, entre las vertientes de cabello negro, quiso parar el ataque. El nivel de miedo roncó junto a las amígdalas:
       —¡Hembra!
       Desesperado, trepó hasta las letras de luz que iban saliendo una a una, con suavidad de burbujas, de la pared negra: EL CORREDOR MC CORMICK BATIÓ EL RÉCORD MUNDIAL DE VELOCIDAD EN AUTOMÓVIL.
       La esperanza le dio fuerzas para desalojar de un solo golpe el humo, uniendo la o de la boca con el paisaje.
       DAD EN AUTOMÓVIL — HOY EN MIAMI.
       El chorro de humo escondió en oportuno «camouflage» el perfil que comenzaba a cuajar. Haciendo triángulo con el cutis áspero de la pared y el suelo cuadriculado, el cuerpo quedó allí. El cigarrillo entre los dedos, anunciaba, el suicidio con un hilo lento de humo.
       HOY EN MIAMI ALCANZANDO UNA VELOCIDAD MEDIA.
       Sobre la arena de oro, entre gritos enérgicos, Jack Ligett, el manager, pulía y repulía las piezas brillantes del motor. El coche, con nombre de ave de cetrería, semejaba una langosta gigante y negra, sosteniendo incansable, con dos patitas adicionales, la hoja de afeitar de la proa.
       Los retorcidos tubos de órgano, a babor y estribor, dieron veinte y veinte detonaciones simultáneas una a una, que se fueron en nubecillas lentas. Con el filo de las ruedas a la altura de las orejas se inició la carrera. Cada estampido tenía resonancias de júbilo dentro de su cráneo y la velocidad era el espacio entre las dos huellas, convertido en una viborilla que danzaba en el vientre.
       Miró el rostro de Mc Cormick, piel oscura ajustada sobre huesos finos. Bajo el yelmo de cuero, tras las antiparras grotescas estaban duros de coraje los ojos y en la sonrisa sedienta de kilómetros que apenas le estiraba la boca, se filtró la orden breve, condensada en un verbo en infinitivo.
       Suaid se inclinó sobre la bomba y empujó el coche a golpes. Golpeó hasta que el viento se hizo rugido, y en la navegación las ruedas tocaban suavemente el suelo, que las despedía rápido, como la ruleta, a la bola de marfil. Golpeó hasta que sintió dolerle la viborilla del vientre, fina y rígida como una aguja.
       Pero la imagen era forzada, y la inutilidad de este esfuerzo se patentizó, cierta, sin subterfugios posibles.
       La fuga se apagó como bajo un golpe de agua y Suaid quedó con la cara semihundida en el suelo, los brazos accionando en movimientos precisos de semáforo.
       —Esconderme…
       Pero se puso debajo de sí mismo, como si el suelo fuera un espejo y su último yo la imagen reflejada.
       Miraba los ojos velados y la tierra húmeda en la cuenca del izquierdo. La nariz apenas aplastada en la punta, como la de los niños que miran tras las vidrieras, y los maxilares tascando la lámina dura y lisa de la angustia. El escaso pelo rubio rayaba la frente y la mancha de la barba en el cuello se iba haciendo violeta.
       Cerró los ojos fuertemente, y trató de hundirse; pero las uñas resbalaron en el espejo. Vencido aflojó el cuerpo, entregándose, solo, en la esquina de la Diagonal.
       Era el centro de un círculo de serenidad que se dilataba borrando los edificios y las gentes.
       Entonces se vio, pequeño y solo, en medio de aquella quietud infinita que continuaba extendiéndose. Dulcemente, recordó a Franck, el último de los soldados de pasta que rompiera; en el recuerdo, el muñeco solo tenía una pierna y la renegrida U de los bigotes se destacaba bajo la mirada lejana.
       Se miraba desde montones de metros de altura, observando con simpatía el corte familiar de los hombros, el hueco de la nuca y la oreja izquierda aplastada por el sombrero.
       Lentamente, desabrochóse el saco, estiró las puntas del chaleco y volvió a deslizar los botones en los tajos de los ojales. Terminada la despaciosa operación, se quedó triste y sereno, con María Eugenia metida en el pecho.
       Ahora caían las costras de indiferencia que protegieran su inquietud y el mundo exterior comenzaba a llegar hasta él.
       Sin necesidad de pensarlo inició el retroceso por Florida. La calle, desierta de ensueños, había perdido la dentadura de Tanga’s y la barba rubia de Su Majestad Imperial.
       La claridad de los escaparates y las grandes luces colgadas en las esquinas daban ambiente de intimidad a la estrecha calzada. Se le antojó un salón del siglo anterior, tan exquisito, que los hombres no necesitaban quitarse el sombrero.
       Apuró el paso y quiso borrar un sentimiento indefinido, con algo de debilidad y ternura, que sentía insinuarse.
       Con una ametralladora en cada bocacalle se barría toda esta morralla.
       Era la hora del anochecer en todo el mundo.
       En la Puerta del Sol, en Regent Street, en el Boulevard Montmartre, en Broadway, en Unter den Linden, en todos los sitios más concurridos de todas las ciudades, las multitudes se apretaban, iguales a las de ayer y a las de mañana. ¡Mañana! Suaid sonrió, con aire de misterio.
       Las ametralladoras se disimulaban en las terrazas, en los puestos de periódicos, en las canastas de flores, en las azoteas. Las había de todos los tamaños y todas estaban limpias, con una raya de luz fría y alegre en los cañones pulidos.
       Owen fumaba echado en el sillón. La ventana hacía pasar por debajo del ángulo que formaban sus piernas los guiños de los primeros avisos luminosos, los ruidos amortiguados de la ciudad que se aquietaba y la lividez del cielo.
       Suaid, junto al transmisor telegráfico, acechaba el paso de los segundos con una sonrisa maligna. Más que las detonaciones de las ametralladoras, esperaba que el momento decisivo, agitara los músculos de Owen, transparentándose emociones tras la córnea de los ojos claros.
       El inglés siguió fumando, hasta que un chasquido del reloj anunció que el pequeño martillo se levantaba para dar el primer golpe de aquella serie de siete, que se iban a multiplicar, en forma inesperada y millonaria, bajo las campanas de todos los cielos de Occidente.
       Owen se incorporó y tiró el cigarrillo.
       —Ya.
       Suaid caminaba, estremecido de alegría nerviosa. Nadie sabía en Florida lo extrañamente literaria que era su emoción. Las altas mujeres y el portero del Grand ignoraban igualmente la polifurcación que tomaba en su cerebro el «Ya» de Owen. Porque «Ya» podía ser español o alemán; y de aquí surgían caminos impensados, caminos donde la incomprensible figura de Owen se partía en mil formas distintas, muchas de ellas antagónicas.
       Ante el tráfico de la avenida, quiso que las ametralladoras cantaran velozmente, entre pelotas de humo, su rosario de cuentas alargadas.
       Pero no lo consiguió y volvióse a contemplar Florida. Se encontraba cansado y calmo, como si hubiera llorado mucho tiempo. Mansamente, con una sonrisa agradecida para María Eugenia, se fue hacia los cristales y las luces policromas que techaban la calle con su pulsar rítmico.


1933

miércoles, 31 de agosto de 2016

El genio niño - Charles Baudelaire

Las Confesiones datan de 1822 y los Suspiria, que son su continuación y que los completan, fueron escritos en 1845. También, el tono si no a ser totalmente diferente, si resulta más grave, más triste, más resignado. Mientras recorría tantas y tantas veces estas extraordinarias páginas, no podía impedirme divagar sobre las diferentes metáforas de las que se sirven los poetas para describir al hombre que ha regresado de las batallas de la vida; es el viejo marinero con la espalda encorvada, con la cara trabajada por una red inextricable de arrugas, que acerca al calor del hogar una heroica armadura escapada de mil aventuras; es el viajero que al anochecer vuelve la cabeza hacia los campos que ha cruzado por la mañana y que recuerda, con enternecimiento y tristeza, las mil fantasías de las que estaba poseído su cerebro mientras atravesaba aquellas regiones, ahora vaporizadas en horizontes. Es lo que, de una manera general, me gustaría llamar el tono del fantasma: un acento que sin ser sobre natural es casi extra humano, mitad terrestre y mitad extraterrestre, que encontramos a veces en las Memorias de ultratumba, cuando, acallados la cólera y el orgullo herido, el desprecio del gran René por las cosas de la tierra pasa a ser totalmente desinteresado. 
La Introducción de los suspiria nos revela que el comedor de opio, a pesar del heroísmo desplegado en su paciente curación, ha tenido una segunda y una tercera recaídas. Es lo que el llama a third prostration before the dark idol. Incluso omitiendo las razones fisiológicas que alega como excusa, como el no haber controlado con la suficiente prudencia su abstinencia, creo que era fácil proveer este infortunio. Pero esta vez ya no se va a tratar de lucha ni de rebelión. La lucha y la rebelión implican siempre una cierta cantidad de esperanza, mientras que el desespero es mudo. Los peores sufrimientos se resignan allí donde no hay remedio. Las puertas, antes abiertas para el regreso, se han vuelto a cerrar y el hombre camina dócilmente hacia su destino.
¡Suspiria de profundis! El título viene muy a propósito.
El autor deja de insistir en persuadirnos de que las Confesiones habían sido escritas, al menos en parte, pensando en la salud pública. Tenían por objeto, nos dice con más franqueza, mostrar el poder del opio en aumentar la facultad natural del ensueño. 
Las Confesiones nos han contado los accidentes que podrían haber legitimado el empleo del opio. Pero hasta ahora ha habido en todo este relato dos lagunas importantes, una que hace referencia a los sueños engendrados por el opio durante la estancia del autor en la Universidad (es lo que él llama las Visiones de Oxford); otra, el relato de las impresiones de su niñez. De este modo, tanto en la primera parte como en la segunda, la biografía servirá para explicar y verificar, por decirlo así, las misteriosas aventuras del cerebro. Es en las notas relativa a la niñez donde encontraremos el germen de los extraños ensueños del hombre adulto y, mejor dicho, de su genio. Todos los biógrafos han comprendido, de manera más o menos total, la importancia delas anécdotas que se refieren a la niñez de un escritor o de un artista. Pero creo que esta importancia no ha sido nunca suficientemente ratificada. Con frecuencia, mientras contemplaba una obra de arte, no en su materialidad, fácilmente captable, en los jeroglíficos demasiados claros de sus contornos o en el evidente sentido de sus temas, sino en el alma de la que están dotados, en la impresión atmosférica que comportan, en la luz o en las tinieblas espirituales que derraman sobre nuestras almas, me he sentido penetrar por la infancia de sus autores. Un pequeño disgusto, una pequeña alegría de niño, agrandados desmesuradamente por una exquisita sensibilidad, se convierten más tarde en el hombre adulto, incluso a pesar suyo, en el principio de una obra de arte. En resumen, para expresarme de una manera más concisa, ¿no resultaría fácil demostrar, por una comparación filosófica entre las obras de un artista maduro y el estado de su espíritu cuando era niño, que el genio no es más que la infancia netamente formulada, ahora dotada, para expresarse, de órganos viriles y potentes? No pretendo, sin embargo, lanzar esta idea a la psicología como algo más que una pura conjetura. 
Vamos  pues a analizar rápidamente las principales impresiones de la niñez del comedor de opio, a fin de hacer más inteligibles los sueños que en Oxford hacían normalmente parte de su cerebro. El lector no debe olvidar que se trata de un viejo que cuenta su niñez, con sutileza y que, en fin, revisa y considera esta infancia, origen de sueños posteriores, a través del medio mágico de este ensueño, es decir, de las densidades transparentes del opio.

 

lunes, 29 de agosto de 2016

Redoble por Rancas - Manuel Scorza

– Voy a matar  Montenegro –dijo el Nictálope–. Mañana voy acabar con ese abusivo. Para tener pastos, ése debe terminar.
El niño alisó el revólver como el lomo de un gato.
– ¿Tantas balas se necesitan para matar a un hombre, papá?
– Una sola basta.
– ¿Los guardias te dejarán vivo?
– Tengo muchas balas.
– Te dispararán?
– No pueden acertarle a un venado, menos me acertarán a mí. Guarda eso, Fidel. Es tarde, acuéstate.
Los ojos del niño quemaban.
– Acaba con los hacendados, papá. Yo te ayudaré. Para que no sospechen nada, yo llevaré el arma bajo el poncho.
Chacón se metió en un sueño sin pensamientos.
Lo despertaron las voces de Fidel y de Juana.
– Apúrate, hermanita –gritaba el niño en la cocina–, hoy es el gran día. Compra pan y queso.
– Tú límpiate los mocos y cállate.
– ¿No sabes lo que haremos hoy? –y levantó el revólver–. Hoy mataremos a Montenegro.
– ¡Suelta eso!
– No, hermanita, las mujeres no tocan esas cosas. Esto no es broma. Cállate y prepara un buen desayuno para Héctor.
Tendido sobre el pellejo de carnero, el Nictálope contaba las campanadas. Se levantó y se vistió: salió al patio y se mojó la cabeza limpia de rencor. Sobre la mesa, cubierta por un hule salpicado de flores y frutas descascaradas, esperaban un jarro de leche de cabra, dos panes y un quesillo. Fidel se acercó y le besó la mano.
– ¡Flojo –lo regañó–, recién te levantas!
– Estoy de pie desde las cuatro –protestó el niño–. He preparado tu desayuno. ¡Héctor, toma tranquilo tu leche! Yo voy al coso a prepárate un buen caballo.
Salió con una soga en la mano. El Nictálope, sereno, masticó el pan empapado en leche. Juana se acercó llorosa.
– ¿Es cierto que matarás a Montenegro, papá?
– ¿Quién te dijo?
– Fidel tiene una pistola y una cintura con balas.
– Para que los animales tengan pastos debo cometer ese crimen –dijo Chacón suavemente.
– Nuestra situación se agravará, papá. La policía nos asustará.
Las lágrimas surcaban los ojos pequeños.
 
 «Sea como sea, mataré a Montenegro», pensó, y en ese relámpago perdonó a los sentenciados. Ni el Niño Remigio, ni Roque, ni Sacramento morirían. Uno solo era el culpable. «Mataré su cara, mataré su cuerpo, mataré sus manos, mataré su sombra, mataré su voz.»
En la puerta creció un mocetón de espaldas poderosas.
 – ¿Qué pasa, hijo?
Rigoberto se quitó el sombrero y le besó la mano.
– Harta gente se reúne en la plaza. Hay mucha bulla, papá.
– Hoy es el comparendo.
– La gente dice que usted matará a Montenegro. En la calle hay laberinto.
– ¿Cómo?
– No debiste avisar a nadie, Héctor.
– Pocos éramos, Rigoberto.
– ¿Pocos? Todos saben que usted sesionó en Quencash. El pueblo está pálido, papá.
– Déjalos que muevan la lengua.
– ¿Usted procederá, papá?
– De todos modos acabaré.
Rigoberto trataba de aprender, desesperadamente, la cara de su padre.


 

miércoles, 17 de agosto de 2016

LOS NIÑOS BUENOS - ANA MARIA MATUTE

"A veces pienso cuánto me gustaría viajar a través de un cerebro infantil. Por lo que recuerdo de mi propia niñez, creo debe de tener cierto parecido con la paleta de un pintor loco; un caótico país de abigarrados e indisciplinados colores, donde caben infinidad de islas brillantes, lagunas rojas, costas con perfil humano, oscuros acantilados donde se estrella el mar en una sinfonía siempre evocadora, nunca desacorde con la imaginación...Claro  está que habría que añadir a todo eso el sonsoniquete de la tabla de multiplicar, el chirriar de la tiza en la pizarra, la asignación semanal, las lentes sin armadura del profesor de latín, el crujir de los zapatos nuevos, la ceniza del habano de papá... Y también rondan aquellas playas unas azules siluetas indefinidas que tal vez representan el miedo a la noche, y una movible hilera de insectos multicolores cuya sola vista produce idéntica sensación a la experimentada junto a los hermanos menores. Y aquellas campanadas súbitas, inesperadas, que resuenan desde sabe Dios dónde y se espera bobamente poderlas contemplar grabadas en el mismo cielo... En fin, no es posible abarcarlo todo, ni siquiera recordarlo.
 
         Pero lo que no existe allí ciertamente, es la absoluta comprensión del bien ni del mal. Por más fábulas rematadas en moraleja que nos hayan obligado a leer, por más cruentos castigos que se acarreen las mentiras de Juanito, por más palacios de cristal que se merezcan las pastoras buenas, la idea del bien y del mal no arraiga fácilmente en aquellas tierras encendidas y tiernas, como en eterna primavera. No existen niños buenos ni malos: se es niño y nada más."
 
 

domingo, 14 de agosto de 2016

I - LEOPOLDO MARÌA PANERO

I
Dèrisoires martyrs...
STÈPHANE MALLARME

En el obscuro jardín del manicomio
Los locos maldicen a los hombres
Las ratas afloran a la Cloaca Superior
Buscando el beso de los Dementes.

Un loco tocado de la maldición del cielo
Canta humillado en una esquina
Sus canciones hablan de ángeles y cosas
Que cuestan la vida al ojo humano
La vida se pudre a sus pies como una rosa
Y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
Una princesa.

Los ángeles cabalgan a lomos de una tortuga
Y el destino de los hombres es arrojar piedras a la rosa
Mañana morirá otro loco:
De la sangre de sus ojos nadie sino la tumba
Sabrá mañana nada.

El loquero sabe el sabor de mi orina
Y yo el gusto de sus manos surcando mis mejillas
Ello prueba que el destino de las ratas
Es semejante al destino de los hombres.


jueves, 4 de agosto de 2016

FERNANDO PESSOA - ANARQUISMO

La noche y el caos forman parte de mí.
Me remonto al silencio de las estrellas.
Soy el efecto de una causa del tiempo,
del Universo [quizás lo excedo].
Para encontrarme, debo buscarme entre las flores,
los pájaros, los campos y las ciudades;
en los actos, las palabras y los pensamientos de los hombres;
en la noche del sol y las ruinas olvidadas de mundos hoy desaparecidos.
Cuanto más crezco, menos soy.
Cuando más me encuentro, más me pierdo.
Cuanto más me pruebo, más veo que soy flor
y pájaro y estrella y universo.
Cuanto más me defino, menos límites tengo.
Lo desbordo todo. En el fondo soy lo mismo que Dios.
Mi presencia actual contiene las edades anteriores a la vida,
los tiempos más viejos que la tierra,
los huecos del espacio antes de que el mundo fuera.