jueves, 25 de mayo de 2017

Alféizar - César Vallejo

Estoy cárdeno. Mientras me peino, al espejo advierto que mis ojeras se han amoratado aún más, y que sobre los angulosos cobres de mi rostro rasurado se ictericia la tez acerbadamente.
Estoy viejo. Me paso la toalla por la frente, y un rayado horizontal en resaltos de menudos pliegues, acentúase en ella, como pauta de una música fúnebre, implacable... Estoy muerto.
Mi compañero de celda liase levantado temprano y está preparando el té cargado que solemos tomar cada mañana, con el pan duro de un nuevo sol sin esperanza.
Nos sentamos después a la desnuda mesita, donde el desayuno humea melancólico, dentro de dos porcelanas sin plato. Y estas tazas a pie, blanquísimas ellas y tan limpias, este pan aún tibio sobre el breve y arrollado mantel de damasco, todo este aroma matinal y doméstico, me recuerda mi paterna casa, mi niñez santiaguina, aquellos desayunos de ocho y diez hermanos de mayor a menor, como los carrizos de una antara, entre ellos yo, el último de todos, parado junto a la mesa del comedor, engomado y chorreando el cabello que acababa de peinar a la fuerza una de las hermanitas; en la izquierda mano un bizcocho entero ¡había de ser entero! y con la derecha de rosadas falangitas, hurtando a escondidas el azúcar de granito en granito...
¡Ay!, el pequeño que así tomaba el azúcar a la buena madre, quien, luego de sorprenderle, se ponía a acariciarle, alisándole los repulgados golfos frontales:
–Pobrecito mi hijo. Algún día acaso no tendrá a quién hurtarle azúcar, cuando él sea grande, y haya muerto su madre.
Y acababa el primer yantar del día, con dos ardientes lágrimas de madre, que empapaban mis trenzas nazarenas.

martes, 23 de mayo de 2017

Tabaquería - Fernando Pessoa

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.



sábado, 8 de abril de 2017

Metamorfosis del mal - Georg Trakl

Otoño: negro caminar por el lindero del bosque; instante de muda destrucción; atisba la frente del leproso bajo el árbol deshojado. Tarde remota que hoy cae sobre las gradas de musgo: noviembre. Tañe una campana y el pastor lleva al pueblo una reata de cabellos negros y rojos. Bajo los avellanos el verde cazador destripa un venado. La sangre humea en sus manos y la sombre del animal suspira entre el follaje, por sobre los ojos del hombre, pardusco y silencioso; el bosque. Cornejas que se dispersan: tres. Su vuelo semeja a una sonata, llena de acordes mortecinos y de viril melancolía; suavemente se disipa una nube dorada. Junto al molino unos muchachos encienden una fogata. Llama es el hermano del más pálido y él rie sepultado en su cabellera purpurina; o bien es el lugar de un crimen junto al cual pasa un pedregoso camino. Los agracejos han desaparecido, sueño de todo el año en el aire plomizo bajo los pinos; angustia, oscuro verde, el gorgoteo de alguien que se ahoga; del estanque constelado saca el pescador un pez grande, negro, semblante lleno de crueldad y de demencia. Las voces de la caña, de hombres que riñen a sus espaldas, él se balancea en la barca roja sobre las frías aguas del otoño,viviendo en las oscuras leyendas de su raza, y sus ojos de pieda se han abierto a las noches y a los terrores virginales. El mal.
    ¿Qué te compele a quedarte inmóvil, de pie en la derruida escalera, en la casa de tus padres? Negrura de plomo. ¿Qué acercas a tus ojos con tus manos de plata; y ya se te cierran los párpados como ebrios de adormidera?; pero a través del muro de piedra ves el cielo constelado, la vía láctea, Saturno: rojo. Furioso golpea contra el muro de piedra el árbol deshojado. Tú, en los desrruídos peldaños: ¿árbol, estrella, piedra? Tú, un animal azul ligeramente tembloroso; tu, el pálido sacerdote que ante el negro altar lo sacrifica. Oh tu sonrisa en la oscuridad, tan triste y maligna que un niño palidece en su sueño. Una llama roja se elevó de tu mano y en ella se quemo una mariposa nocturna. ¡Oh flauta de la luz, oh flauta de la muerte! ¿Qué te compelía a quedarte inmóvil, de pie en la derruída escalera en la casa de tus padres? Abajo un ángel llama al portón con cristalinos dedos.
    Oh el infierno del sueño; calleja lóbrega, pardo jardincillo. Queda resuena en la tarde azul la forma de la muerte. En torno a ella revolotean verdes florecillas y su rostro la ha abandonado: o bien se inclina macilento sobre la frente fría del asesino en la oscuridad del corredor, adoración, llama purpúrea de la voluptuosidad; desfallecido, el durmiente se precipitó en las sombras por negros escalones.
    Alguien te ha dejado en la encrucijada y tú miras largamente hacia atrás. Pasos argénteos a la sombra de los desmedrados manzanos. Purpurina luce la fruta entre el negro ramaje y  la serpiente en el césped cambia de piel. ¡Oh la oscuridad!; el sudor que asoma a la frente helada y los tristes sueños del vino, en la taberna del pueblo bajo vigas renegridas por el humo. Tú, áspera soledad aún, que de las oscuras nubes del tabaco forja una magia de islas rosadas y arranca de entrañas secretas el grito de un grifo, cuando entre negros arrecifes va cazando sobre el mar en medio de la tempestad y el hielo. Tú, verde metal y por dentro rostro ardiente que ansía subir al monte de las calaveras para cantar desde su cima los tiempos sombríos y la flamígera caída del ángel. Oh desesperanza que caes de rodillas con un grito mudo.
    Un muerto te visita. Del corazón le mana la sangre que él mismo derramara y bajo las negras cejas anida un indecible instante; oscuro encuentro. Tú... luna purpúrea, cuando él aparece en la verde sombre del olivo. Seguido por la noche inmortal.


TRADUCCIÓN DEL ALEMÁN Y ´PRESENTACIÓN DE AMÉRICO FERRARI.

miércoles, 22 de febrero de 2017

dos poemas de Domingo de Ramos

BLEED ME

Me he detestado lo suficiente
Ramita de mi césped
Patrona infiel Negra Oblación
Te ofrezco mi misa de cuyes blancos
sobre tu cuerpo
Mi viña de pasmosas uvas
como el mejor jugo de tu boca
Lagrimea jaspeadas luces
sobre tu blando jeans
Parada sobre el puente
lavabas los fracasos las furias
de una ciudad hambrienta
                           por eso abierta
a tu abrasador latido
como un ronroneo de primus
disipando el frío de tus manos
el calcificado polvo de tus pestañas
La opacidad de las plantas
en el terral de los patos
entre calles que se desplazan
en el gran desvarío de moscas
que nubla mis ofrecimientos
mis fiestas plasmadas en mis retablos
que lleva tu nombre y mi existencia
mi resistencia no sé a qué males
pero sin embargo viajo hacia esos puntos
como si fueran tus ojos Ramita de mi césped
Bocanada Desechos de pescado marronizado
por mis lentes Resaltando tu paraíso
linterno y feliz cedo
al camino manso llano
cultivado como tumbas
donde derramo cerveza y canciones
Acostumbrado al logevo olor de las arpas
con este viento que me topo
como con cada muerto de mi cuarto
Brujerías de madre que todo lo espanta
y aniquila lo imberbe la torpeza
de buscarte imperfecto cauterio
que la noche aserra lentamente
como un tajo en mi bolsillo robado
y se destripa tu aliento untado de grasa
y tu mirada tiene un brillo misterioro
como tu belleza que palpo con mis ojos
como ciego en agua de tu lavanda
Y es ta misia mi decencia
tan calva de dolor
que implorè y lloré y me arranqué de allí
y huí antes que te humedezca terriblemente
el pie que huye por esos meandros
granujientos que tu bandada suele acogerse
contra el mare mágnum de Astros
que cuelgan como ropas sucias en el cielo
después de las redadas después del rastrillaje
         Caution Lejos por donde se mire
Me he vuelto igual a ti por lo que me detesto
y lo divino juega ahora con lo divino
Gangueo mi voz te llamo como vendedor de gas
que pasa por mi barrio
y sé que vienes por el sur como un desprendimiento
yo no sé de qué Pelo largo por donde siempre me enredas
y no sé de qué pero Converso a tu lengua y a tus ganas
a tu purísima destrucción lo que me arrastra
hacia atrás solo como un grito
ante esta visión que nunca más se moverá
porque de ti emana lo extraño lo ínfimo
el pábulo de mi pecho mi nivicia manera
de embaucarte con mis palabras
y yo no se por qué.


YACK

I

En la playa gris
terokaleado un amor difuso
en esa pantalla que es la ciudad
de Tim y Yack el melancólico
Corre el destetado ángel a bendecirse con el polvo
Hiemación de lobos calabazas
Desde tus dos ventanas huecas miras el infinito
montado sobre un esqueleto como si fuera balcón
Y sobre tu oscuro Jazz Canta
                            Yack Canta
y ama la cinta rota de su muñecac
La niña cuello de azúcar
le lanza la malla narcótica a las venas
y los dados de su pecho lo viste en ocho
con ocho puñaladas en la esquina
Yack mamado de maría raposa con bolsosa cabellera
               de púas
la persigue como una marioneta
pero ella hundida helicoidal tala
tu canción tu lengua sobre maraña de cables
con su pito vestido azul que es un Chevrolet de los 50
con su ciencia suelta y sola veraneando su soturado
cuerpo en mares de cartón su castillo y su padre creador
Atento con lo sesos en ristere la asedia la arrocha
con su pedante triciclo Ella puemte y ala
en el mirador donde fluyen los hombres que no
             se recnocen
Te mira Yack     Ella te mira Yack
Desde el retrovisor volteando al futuro
Eso es lo que tienes Yack a pesar de tu poca certeza
de ser ago o alguien como Virgilio en el limbo
Porque ser es atroz Yack Inventarse
con preguntas a partir de un puntazo en la garganta
nacer in vitro con raras aleaciones
e incubar un alma por solo vanidad o desprecio
como portador de lo que no eres      Taciturna lucidez
con overol manchado de grasa o de sangre que es lo mismo
Yack es mecánico labura por 50 cocos
y desea a maría la raposa
por su golosina por su gasolina
por sus descensos por su timidez absoluta
por su grupa-noche por su motor asesino
Pero Yack tiene mieo y lo sabe
Yack ama como ebrio monje con manos de alfarero
la electricidad en su mirada su fina radiación
Ella es su molde
Esto fue lo que le hiciste
con tu palanca Yack cuando tus émblos y tus riñones
se aplastaron contra ella y maría se fue a parar
sobre planchas heha rosta entre los fierros
In-natura Creció tu hijo Yack
Yack de cuya luna es su enorme faro
con el que nada ve y si ve es ya incomprensible
a su mundo a sus dudas a su tinaria existencia
Pero Yack con su yelmo escupido sudand combustible
pilotea su náusea su tiempo su peste que es ya eterno
como su canto mientras su híbrido cráneo en el agua
de azufre rasura su sombra de santo desgraciado
de sapo que ccroa la belleza de maría la puta
se enoda sus muertos sus cartas por la leche
de maría rauda y aura como la luna
Canta Yack cornéala Yack
Te vieron Yack en un cielo que no es el tuyo
y cayeron tus renos tus huanacos espectrales
tu encomienda alucinada
derribado no tolerado rotos el clorohidrato de tus huesos
Canta ahora Yack con mas ahínco
que maría la cocida te busca
de yunza en yunza con su corazón latiendo al izquierdo
Ella padece tu verguenza tu melancólica máscara
tu pequeña derrota tus polvos de mago fracaso
maría la puta te busca Yack
la pirámide y el tríptico de tu corazón infeliz
cayendo sobre la noche
Yo le hallé refugio en el rústico cielo que se fue a pique
Recupérala Yack
Y lo que es hermoso sin embargo es indigno de toda
              compasión
Así es Yack la gloria lo todopoderoso
no son tus podridas calabazas
ni robar conejor y comerlos alrededor de una fogata
Es tu casa de los vientos
tu santuario tercos espirales manchados de sesos
Que tu luna refracta en cambiantes nubes
como espejos y si existe algún espejo en tu ciudad
no es de tu mundo Yack de vuélvelo sano y puro
devuelve lo que te desmigaja el cuerpo
en estériles parcelas de soledad
bajo sombras que tamizan
las siluetas de las torres
Fábulas que atormentan tu ósea saliva
ue te abandonan como fajos de billetes
que no compran anda sólo la desmesura
el andrajo la llaga y la mentira
Te abandonan Yack tu sol de paja tus pies de paja
en la soledad te pudres Yack
son tu cncel tus ojos y maría la cocida
que te llama arrojando
calabazas de fuego como lágrimas
en el remanso del pantano
Mira Yack amplias celdas de luz
te embrutecen
Reconoces este cielo que se fue a pique
Como murciélago de alambre
dejaste de volar terráqueo hueso
tronco troncho de humo en tu neblina
donde brotó tu primer diente tu primer padre tus uñas
tu negro lirio en el sobado de tu largo saco
de madera tu gusanera tu lisa pepa
La coja que huye ante tu hacha
ante tu pródiga flacura bajo el estío
La hiciste tuya una dentro de otra
Yack junto a tu perro de raleante cola
y fulminado por el resplandor gemelo de maría
Su duro rock te asalta bajo tuberías
como secos cuernos resinosos
Oh Yack divisas tu ciudad primitivamente
como un viejo campa sobre un árbol
dándole dardos a sus gritos
Viaja Yack elemental viaja
 migra
de tu azul nativo tu capa tu heráldico cráneo
tu escudo desolado
tumaría
la raposa la aérea decrepitud
tus lúgubres cañaz tu bíblica paz
entre el olor de tus vecinos
Esa ventisca inmóvil limo negro
que se arrastra en el semblante de tu reloj
a tu ansiosa boca sepultada por lentos
aeroplanos de nieve
que eran cartuchos de telas en el pulmón
Pero eso ya no importa Yack
Eres sucio pero amas
Importa el momento el boleto
el terokaleado cielo la forma humana
la represa donde todo lo tienen
tu tríptico corazón en la pantalla
de esta ciudad restos de soledad como sangre
vientos que a tus ojos voltearon como bolsas oscuras
hacia maría la puta la cocida
entre diente y diente
entre clavo y clavo
Mírate Yack el desmonte
la arena en el pelo
el lodo en las botas
el corazón explotado
el silvestre guitarreo
el nirvana el buda el pudín de hash el toronjil y el apio
Todo te cuelga como luenga barba
de inesperados años bajo tierra
El cine Yack te pulsa y te despide como el crack
El amarillento cartel donde tus perros se mean
eran tus sueños Yack camioneros de cadáveres
tu rojo sindicato tus cañones tu escritura
lo demolieron Yack y has fondeado tus creencias
tu ósea lengua en la ranura de maría
al fuego tu pantalón tus huesos
la cordura la arrechura al fuego el fuego
tus bolsillos con huesillos tu camisa
tus afiches tu bandera tu ternura
¿Te sucedde algo Yack?
¿El género humano es insignificante para ti Yack?
Ahora ya no tienes nada Yack
te vuelves nostálgico y una rueda va hacia tu camino
alguna brasa retoña por el amor de maría la cocida
Una rodaja de t mundo Yack desvístela
haz la prueba sobre el prador entre tirantes
con el ardid de tus vampiros Ahógala Yack

II

IK: Hoc signum vene regum est
Fuente parabólica pacientemente oscurecida
Cascabelea la luna a tu paso
las casas de crujientes puertas
deshuesasdas aves descubren el cielo
con sus graznidos el humo el río
con sus brazos de aceite inunda las calles
Ven a tu ayuda Yack apacigua tus carnes malolientes
Los lázaros de Giotto te reclaman Yack
desde las huacas de los vencidos
y arrebolados árboles besan el suelo rúptil y fuerte
Vienes Yack revestido de mampostería
pensativo hasta la degradación
con resabios de tu pasión Cielo Kerosén
Negado de luz y almuerzo
te descomputas de toda esta visión
herrosa de hombres con quijadas de cabra
de rupículos seres que pueblan tus ciudades
entre canciones y lamentos
Ya nunca amanece Yack vuélvete entonces
por donde has venido Yack
Siglo 20 mirando la luna desde un país opaco
bajo parras de nubes y cometas oscilantes
Ensoñación y delirio en tabernas melodiosas
con pedazos quebrados de la capa rosa
enterrados el amor los muslos desnudos de la niña
las cintas de añil sobre sus hombros
los vástagos de la hierba el terokal en el camino
En el cinto llevas tu hachas votiva y el nombre de maría
los geranios que cubren tus palabras en el viento
Todo te abruma Es pesado el pueblo sin habla
el monótomo color del ahorcado
hasta la mar surca su aire sin conciencia
ni pecad es posible que te encuentres uro todavía
no hay desesperanza ni esperanza
ha az pactada entre herbívoros y carnívoros
Corazón y alma es lo que unió en ti maría la cocida
Ella deja la paja de sus brazos y hace lumbre
y te llama verdadero de arriba
verdadero de abajo
Señor de las lealtades
pero duda Yack    Duda de los dioses
duda de ti mismo Yack
el mundo es así hazlo estallar
como un tragamonedas Yack
en tus manos en tus manos tus entraas te lo advierten
hazos estallar Yack con el cartílago de tus orejas
con el calcio de tus huesos con el dado con el pedo
y la heroína con la cibernética y las hormonas
Sé flaco Yack abstente de opinar y una vez más imagínate
sin nación y sin nombre pirámide tríptico
sobre el trapecio del viejo Altazor caído y más caído
y sesgado por la nostalgia peregrino de los sin razas
migrante descocido por el sol que Ellos sin ti
se cuiden
Se han borrado las petrozas escrituras Yack
en el tablero de navegación no hay mapa de tu
extraño mundo Yack Eres paria en el espacio
bajo tierra sobre tubos transparentes
como aleación no resuelta Contraconciencia
Lúbrico oleaje en la playa gris
que sobre ti no quedó ni cuajó
Es posible que mientas y ames Yack pero no es tu culpa
Es posible que engendres hijos resentidos y maltrechos
Y no has parido
Es posible que maría la cocida te busque
no por amor ni por la especie
sino para tu nostalgia y tu tristeza
por ella misma en el séptimo mes Ocre lunación
con el labio herido con sus amores profanos
en la cesura de sus muslos
en el invulnerable amor de los rapaces.

domingo, 12 de febrero de 2017

El fin de la psqiuiatría - Leopoldo María Panero

Acerca del caso Dreyfuss sin Zola o la casualidad diabólica

El fin de la psiquiatría

La locura se puede definir, muy brevemente, como una regresión al abismo de la visión o, en otras palabras, al cuerpo humano que ésta gobierna. En efecto, la zona occipital, que regula el desarrollo de la visión, controla, según mi hipótesis, el cerebro, y el cerebro controla todo el cuerpo. De ahí que sea tan importante lo que Lacan minimizaba como "inconsciente escópico", y esa mirada a la que el dicho psicoanalista apodara "objeto a minúscula". Por el contrario, la mirada es un infinito. Contiene imágenes en forma de alucinaciones que son lo que Jung llamara "arquetipos" y Rascowski "visión prenatal". Ferenczi habló del inconsciente biológico: por muy increible que parezca, ése está contenido en la mirada en forma de alucinaciones. La magia, el inconsciente antes de Freud, lo sabía: "Fons oculus fulgur". Freud también decía que el inconsciente se crea a los cuatro o cinco años; en efecto, los niños padecen dichas alucinaciones de una forma natural: de ahí el retorno infantil al totemismo, del que hablara también el fundador del psicoanálisis.
     Pero el cuerpo humano, que, salvo para los niños, es un secreto, contiene igualmente alucinaciones olfativas, aunque éstas no remitan a inconsciente metafísico o junguiano alguno, es decir, a inconsciente alguno de la especie o, en otras palabras, a su pasado, en el que los dioses están bajo la figura de tótems, pues no en vano la palabra "zodiaco" significa en griego animales. Dioses estos, pues, corporales, hijos del Sol y de la Tierra.
           He aquí, por consiguiente, que el cuerpo contiene la locura y, como el único cuerpo entero que existe es el cuerpo infantil, es por tal motivo que la esquizofrenia tuvo por primer nombre "demencia precox" o demencia traviesa. Respecto a la paranoia, su problemática es triple o, en otras palabras, quiero decir que existen tres tipos de paranoia, pues ya nos dijo Edwin Lemert que no existe a paranoia pura; uno de los tipos de paranoia, cuyo síndrome es e delirio de autoreferencia, nos reenvía al problema de que el psiquismo animal es colectivo, y ese es el magma alquímico, en cuyo seno se hunde tal género de paranoico. El otro género de paranoico es el que proyecta su agresividad, con frecuencia, sobre su mujer en el delirio de los celos. El tercer género de paranoico es el que, según ya dijo Edwin Lemert, tiene realmente perseguidores. Ese es el caso al que yo llamo el caso de Jacobo Petrovich Goliardkin (el protagonista de El doble de F. N. Dostoyewski). Es un sujeto con frecuencia deforme, enano o simplemente raro, o tan oscuro como Dreyfuss, que es víctima de agresiones, humillaciones y vejaciones por parte de sus amigos o compañeros de oficina, -o, a veces, de un portero, o sencillamente de un camarero-, y que para dar sentido estético a su vivencia se inventa a los masones, o a la C.I.A., metáforas que reflejan a tan sombríos compañeros.
        Las otras locuras son frecuentemente producto de la psiquiatria: tal es el caso de las alucinaciones auditivas, que no existen en estado natural alguno y que son producto de la persecusión social o psiquiátrica que cuelga, como vulgarmente se dice, en lugar de explicar o aclarar. Pues cada ser humano puede ser en potencia un psiquiatra, con sólo prestarnos la ayuda de su espejo. Pasemos ahora al caso de Dreyfuss; el caso Dreyfuss, en verdad, fue, como el mío, un caso muy extraño. Ni yo ni él entendiamos el origen de la perecusión; su naturaleza, sin embargo, o su mecanismo puede definirse como el efecto "bola de nieve": se empieza por una pequeña injusticia y se sigue por otra y por otra más aún hasta llegar a la injusticia mayor, la muerte. O bien como en el lynch empieza uno y continúan todos. Asi, yo he sido la diversión de España durante mucho tiempo y, a la menor tentativa de defenderme, encontraba la muerte, primero en Palma de Mallorca en forma de una navaja y, luego, en el manicomio del Alonso Vega (Madrid) en forma de una jeringa de estricnina; pero todo por un motivo muy oscuro, no sé si por mi obsesión por el proletariado, nacida en la cuna de la muerte, o bien, por miedo a que desvelera los secretos de un golpe de Estado en que fui utilizado como un muñeco, y en el que los militares tuvieron, primero, la cortesía de apodarme "Cervantes". Pero no son sólo los militares los que me usaron; en España me ha usado hasta el portero para ganarse una lotería que de todos depende, porque el psiquimos animal es colectivo, y éste es el motivo de que el chivo expiatorio regale gratuitamente la suerte, en un sacrificio ritual en pleno siglo XX, en nombre de un dios que ya no brilla, sino que cae al suelo herido por las flechas de todos. Ese dios al que todos odian por una castidad que ha convertido al español en un mulo y en una mala bestia. Al parecer toda España ha rodeado amorasamente a la muerte entre sus brazos, y la prefieren al sexo y a la vida.
        Que ella les dé al fin su ultimo beso en la pradera célebre del uno de mayo.

Leopoldo María PANERO



domingo, 22 de enero de 2017

La ciudad de la niebla - Pío Baroja

EL SEÑOR ROCHE
El señor Roche era hombre muy amigo de callejear y de dar grandes paseos; siempre se hallaba dispuesto a servirnos de cicerone con verdadera diligencia y con una extraordinaria amabilidad. Muchas veces mi padre prefería estar hablando en el salón y yo paseaba con el señor Roche.
Roche sentía esa curiosidad insaciable del vago, a quien los hombres atareados llaman papanatas. Para él, nada tan agradable como pasar horas enteras en un puente contemplando el movimiento del río, o mirando una tapia detrás de la cual se dice que ocurre algo.
A Roche le encantaban los espectáculos callejeros y era un gran observador de menudencias.
Me acompañó a ver los museos, los grandes parques llenos de frescura, de verdor y de silencio, en donde pían los pájaros, y me mostró las pequeñas curiosidades de la calle.
Me hizo pasar largos ratos viendo cómo cualquier pintor ambulante, con una cajita de lápices de colores, arrodillado en el suelo, pintaba en las aceras una porción de paisajes y de escenas religiosas y militares, y cómo luego ponía unos letreros explicativos con una magnífica letra.
Frecuentemente, el pintor callejero solía estar acompañado por un perro de aguas, el cual, muy quieto, sostenía una canastilla en la boca, en donde Roche y los demás admiradores del artista dejaban alguna moneda.
Otras veces se detenía a ver en un rincón de una calle a Guignol apaleando al juez, lo que le hacía mucha gracia, o algunas chiquillas bailando la jiga al compás de las notas de un organillo.
Me llevó también a ver los rincones descritos por Dickens, el almacén de antigüedades próximo a Lincoln’s Inn, la tienda de objetos de náutica del Pequeño Aspirante de Marina de la calle Minories, y me mostraba la gente sin hogar esperando el momento de entrar en el Workhouse, y el barrio italiano entre Clerkenwell Road y Rosebery Avenue, con sus tiendecillas, en donde se vende polenta, mortadela y macarrones; sus bandadas de chiquillos sucios y sus mujeres peinándose en la calle.
Descubrimos en Fleet Street, en algunos escaparates de los periódicos, el retrato de mi padre y el mío, y Roche me llevó a Paternoster Row, una calle de libreros, en donde durante algún tiempo nuestras fotografías figuraron entre celebridades.
También solíamos andar por las calles elegantes: Bond Street y Regent Street. Abundaban allá las mujeres bonitas, elegantísimas, con un aire angelical; sobre todo los establecimientos de modas eran exhibiciones de muchachas preciosas, rubias, morenas y rojas con tocados vaporosos.
―Están ahí como reclamo de las tiendas ―decía Roche―. Es curioso ―añadía―; en esta parte de Oxford Street, Regent Street, Piccadilly y Bond Street, dominan las mujeres; en cambio, en la City no ve usted más que hombres. De aquí resulta que las mujeres de allá tienen aire hombruno; en cambio los hombres de aquí son de tipo afeminado.
De pronto Roche se paraba, y, como quien hace un descubrimiento, me decía:
―Mire usted qué diversidad de olores, ¿eh? Aquí se siente el olor del carbón y de la marea del río que a mí me gusta… Hemos dado cuatro pasos y, fíjese usted, ya ha cambiado el olor, se siente el tufo que echan los automóviles… Este olor de arena húmeda y caliente es el que sale de la estación del metropolitano…; ahora viene un olor de fábrica. Demos vuelta a la esquina… Parece que vamos en la cubierta de un barco, ¿no es verdad?
―Sí.
―Es qué la calle está entarugada, y cuando le da el sol echa un olor de brea. Mire usted aquí ―y el señor Roche levantaba la cabeza y respiraba― cómo huele a carne asada de algún restaurante. En cambio, en este rincón ha quedado como inmóvil el olor a tabaco.
Al señor Roche no se le pasaba nada sin notarlo y comentarlo. Tenía la atención puesta en todas las cosas: en lo que decían los vendedores ambulantes, en las frases de los cobradores de los ómnibus invitando a subir a la gente, en cuanto pasaba por delante de sus ojos.
Míster Roche me contó su vida y la de su mujer.
―Yo he sido siempre ―me dijo― un hombre vago y sin decisión. Cuando estudiaba en el colegio, un señor que se dedicaba a la grafología estudió las letras de los alumnos, y al observar la mía, después de hacer un gesto de desprecio, murmuró: «Falta de voluntad, falta de carácter». Esto en Inglaterra es un crimen. La verdad es que nunca he podido decidirme a hacer las cosas rápidamente ni a insistir en ellas. Hasta cuando era joven y quería enamorarme, no llegaba a fijarme sólo en una muchacha; una mataba la impresión de la otra y no me decidía jamás. Ésta debía haber sido mi vida, ¿verdad?: no decidirme nunca.
―Pero alguna vez hay que decidirse ―le dije yo.
―Eso es lo malo, hay que decidirse; no basta andar como la niebla, de un lado a otro, empujada por el viento; pero yo espontáneamente no me decidiría nunca. Además, ¿sabe usted?, soy un profesional de la curiosidad. Todas las cosas que ignoro me atraen, y me atraen más cuanto más las ignoro. Cuando empiezo a conocerlas es cuando me rechazan.
―Usted debe ser muy poco inglés.
―Tan poco, que soy escocés y descendiente de irlandeses.
Roche siguió contando su historia, interrumpiéndola con observaciones y anécdotas. Era hijo de una familia acomodada, y de joven vivía con su madre en el campo, cerca de Edimburgo. Había estudiado derecho con la idea de no ejercer la profesión. Un verano, después de acabar la carrera, conoció a la que luego fue su mujer. Era madame Roche entonces una muchacha que llamaba la atención, no sólo por su belleza, sino también por su inteligencia. A pesar de su posición modesta, se hallaba relacionada con lores y señoras aristocráticas.

Madame Roche se enamoró primeramente del que luego fue su marido. Éste no se atrevía a dirigirse a una mujer tan hermosa y brillante; pero ella allanó el camino y se casaron; gastaron en cinco o seis años todo el dinero que tenían, y vivían de una pensión modesta que les pasaba la madre del señor Roche.

Fragmento de La ciudad de la niebla de Pio Baroja.


martes, 17 de enero de 2017

Discurso al Alimón sobre Rubén Darío - Federico García Lorca & Pablo Neruda


 
N:
Señoras...
L:
y señores: Existe en la fiesta de los toros una suerte llamada "toreo al alimón" en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.
N:
Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico, vamos a parear y a responder esta recepción muy decisiva.
L:
Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren su palabra viva, plata o madera, y saluden con su voz propia a sus compañeros y amigos.
N:
Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante. Nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su
nombre hasta que su poder salte del olvido.
L:
Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con ternura de pingüino al delicado poeta Amado Villar, vamos a lanzar un gran hombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían y un golpe de mar ha de manchar los manteles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y de España: Rubén...
N:
Darío.Porque, señoras...
L:
y señores...
N:
Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén, Daríó?
L:
Dónde está la estatua de Rubén Darío?
N:
El amaba los parques. Dónde está el parque Rubén Darío?
L:
Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?
N:
Dónde esta el manzano y las manzanas de Rubén Darío?
L:
Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?
N:
Dónde está el acento la resina, el cisne de Rubén Darío?
L:
Rubén Darío duerme en su "Nicaragua natal" bajo su espantoso león de marmolina,  como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.
N:
Un león de botica, a él, fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.
L:
Dio el rumor de la selva con un adjetivo, y como fray Luis de Granada, jefe de idioma, hizo signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito: nos puso al mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de Gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico, y puso la mano sobre el capitel corintio con una duda irónica y triste, de todas las épocas.
N:
Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los hospitales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre e imprescindible.
L:
Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a Valle Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velázquez y la hoguera de Goya y desde la melancolía de Quevedo al culto color manzana de las payesas mallorquinas, Daríó paseó la tierra de España como su propia tierra.
N:
Lo trajo a Chile una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire, atravesada por el humo y la voz y por las circunstancias, y por la vida, como ésta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.
L:
Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral, agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibrís, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas, y también sus defectos. Las estanterías comidas ya por los jaramagos, donde suenan vacíos de flauta, las botellas de coñac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y escuelas queda en pie la fecunda substancia de su gran poesía.
N:
Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que pisamos.
L:
Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta, nicaragüense, argentino, chileno y español, Rubén Darío.
NL
Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.
(Publicado en El Sol, Madrid, 1934)