domingo, 22 de enero de 2017

La ciudad de la niebla - Pío Baroja

EL SEÑOR ROCHE
El señor Roche era hombre muy amigo de callejear y de dar grandes paseos; siempre se hallaba dispuesto a servirnos de cicerone con verdadera diligencia y con una extraordinaria amabilidad. Muchas veces mi padre prefería estar hablando en el salón y yo paseaba con el señor Roche.
Roche sentía esa curiosidad insaciable del vago, a quien los hombres atareados llaman papanatas. Para él, nada tan agradable como pasar horas enteras en un puente contemplando el movimiento del río, o mirando una tapia detrás de la cual se dice que ocurre algo.
A Roche le encantaban los espectáculos callejeros y era un gran observador de menudencias.
Me acompañó a ver los museos, los grandes parques llenos de frescura, de verdor y de silencio, en donde pían los pájaros, y me mostró las pequeñas curiosidades de la calle.
Me hizo pasar largos ratos viendo cómo cualquier pintor ambulante, con una cajita de lápices de colores, arrodillado en el suelo, pintaba en las aceras una porción de paisajes y de escenas religiosas y militares, y cómo luego ponía unos letreros explicativos con una magnífica letra.
Frecuentemente, el pintor callejero solía estar acompañado por un perro de aguas, el cual, muy quieto, sostenía una canastilla en la boca, en donde Roche y los demás admiradores del artista dejaban alguna moneda.
Otras veces se detenía a ver en un rincón de una calle a Guignol apaleando al juez, lo que le hacía mucha gracia, o algunas chiquillas bailando la jiga al compás de las notas de un organillo.
Me llevó también a ver los rincones descritos por Dickens, el almacén de antigüedades próximo a Lincoln’s Inn, la tienda de objetos de náutica del Pequeño Aspirante de Marina de la calle Minories, y me mostraba la gente sin hogar esperando el momento de entrar en el Workhouse, y el barrio italiano entre Clerkenwell Road y Rosebery Avenue, con sus tiendecillas, en donde se vende polenta, mortadela y macarrones; sus bandadas de chiquillos sucios y sus mujeres peinándose en la calle.
Descubrimos en Fleet Street, en algunos escaparates de los periódicos, el retrato de mi padre y el mío, y Roche me llevó a Paternoster Row, una calle de libreros, en donde durante algún tiempo nuestras fotografías figuraron entre celebridades.
También solíamos andar por las calles elegantes: Bond Street y Regent Street. Abundaban allá las mujeres bonitas, elegantísimas, con un aire angelical; sobre todo los establecimientos de modas eran exhibiciones de muchachas preciosas, rubias, morenas y rojas con tocados vaporosos.
―Están ahí como reclamo de las tiendas ―decía Roche―. Es curioso ―añadía―; en esta parte de Oxford Street, Regent Street, Piccadilly y Bond Street, dominan las mujeres; en cambio, en la City no ve usted más que hombres. De aquí resulta que las mujeres de allá tienen aire hombruno; en cambio los hombres de aquí son de tipo afeminado.
De pronto Roche se paraba, y, como quien hace un descubrimiento, me decía:
―Mire usted qué diversidad de olores, ¿eh? Aquí se siente el olor del carbón y de la marea del río que a mí me gusta… Hemos dado cuatro pasos y, fíjese usted, ya ha cambiado el olor, se siente el tufo que echan los automóviles… Este olor de arena húmeda y caliente es el que sale de la estación del metropolitano…; ahora viene un olor de fábrica. Demos vuelta a la esquina… Parece que vamos en la cubierta de un barco, ¿no es verdad?
―Sí.
―Es qué la calle está entarugada, y cuando le da el sol echa un olor de brea. Mire usted aquí ―y el señor Roche levantaba la cabeza y respiraba― cómo huele a carne asada de algún restaurante. En cambio, en este rincón ha quedado como inmóvil el olor a tabaco.
Al señor Roche no se le pasaba nada sin notarlo y comentarlo. Tenía la atención puesta en todas las cosas: en lo que decían los vendedores ambulantes, en las frases de los cobradores de los ómnibus invitando a subir a la gente, en cuanto pasaba por delante de sus ojos.
Míster Roche me contó su vida y la de su mujer.
―Yo he sido siempre ―me dijo― un hombre vago y sin decisión. Cuando estudiaba en el colegio, un señor que se dedicaba a la grafología estudió las letras de los alumnos, y al observar la mía, después de hacer un gesto de desprecio, murmuró: «Falta de voluntad, falta de carácter». Esto en Inglaterra es un crimen. La verdad es que nunca he podido decidirme a hacer las cosas rápidamente ni a insistir en ellas. Hasta cuando era joven y quería enamorarme, no llegaba a fijarme sólo en una muchacha; una mataba la impresión de la otra y no me decidía jamás. Ésta debía haber sido mi vida, ¿verdad?: no decidirme nunca.
―Pero alguna vez hay que decidirse ―le dije yo.
―Eso es lo malo, hay que decidirse; no basta andar como la niebla, de un lado a otro, empujada por el viento; pero yo espontáneamente no me decidiría nunca. Además, ¿sabe usted?, soy un profesional de la curiosidad. Todas las cosas que ignoro me atraen, y me atraen más cuanto más las ignoro. Cuando empiezo a conocerlas es cuando me rechazan.
―Usted debe ser muy poco inglés.
―Tan poco, que soy escocés y descendiente de irlandeses.
Roche siguió contando su historia, interrumpiéndola con observaciones y anécdotas. Era hijo de una familia acomodada, y de joven vivía con su madre en el campo, cerca de Edimburgo. Había estudiado derecho con la idea de no ejercer la profesión. Un verano, después de acabar la carrera, conoció a la que luego fue su mujer. Era madame Roche entonces una muchacha que llamaba la atención, no sólo por su belleza, sino también por su inteligencia. A pesar de su posición modesta, se hallaba relacionada con lores y señoras aristocráticas.

Madame Roche se enamoró primeramente del que luego fue su marido. Éste no se atrevía a dirigirse a una mujer tan hermosa y brillante; pero ella allanó el camino y se casaron; gastaron en cinco o seis años todo el dinero que tenían, y vivían de una pensión modesta que les pasaba la madre del señor Roche.

Fragmento de La ciudad de la niebla de Pio Baroja.


martes, 17 de enero de 2017

Discurso al Alimón sobre Rubén Darío - Federico García Lorca & Pablo Neruda


 
N:
Señoras...
L:
y señores: Existe en la fiesta de los toros una suerte llamada "toreo al alimón" en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.
N:
Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico, vamos a parear y a responder esta recepción muy decisiva.
L:
Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren su palabra viva, plata o madera, y saluden con su voz propia a sus compañeros y amigos.
N:
Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante. Nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su
nombre hasta que su poder salte del olvido.
L:
Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con ternura de pingüino al delicado poeta Amado Villar, vamos a lanzar un gran hombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían y un golpe de mar ha de manchar los manteles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y de España: Rubén...
N:
Darío.Porque, señoras...
L:
y señores...
N:
Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén, Daríó?
L:
Dónde está la estatua de Rubén Darío?
N:
El amaba los parques. Dónde está el parque Rubén Darío?
L:
Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?
N:
Dónde esta el manzano y las manzanas de Rubén Darío?
L:
Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?
N:
Dónde está el acento la resina, el cisne de Rubén Darío?
L:
Rubén Darío duerme en su "Nicaragua natal" bajo su espantoso león de marmolina,  como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.
N:
Un león de botica, a él, fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.
L:
Dio el rumor de la selva con un adjetivo, y como fray Luis de Granada, jefe de idioma, hizo signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito: nos puso al mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de Gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico, y puso la mano sobre el capitel corintio con una duda irónica y triste, de todas las épocas.
N:
Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los hospitales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre e imprescindible.
L:
Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a Valle Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velázquez y la hoguera de Goya y desde la melancolía de Quevedo al culto color manzana de las payesas mallorquinas, Daríó paseó la tierra de España como su propia tierra.
N:
Lo trajo a Chile una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire, atravesada por el humo y la voz y por las circunstancias, y por la vida, como ésta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.
L:
Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral, agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibrís, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas, y también sus defectos. Las estanterías comidas ya por los jaramagos, donde suenan vacíos de flauta, las botellas de coñac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y escuelas queda en pie la fecunda substancia de su gran poesía.
N:
Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que pisamos.
L:
Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta, nicaragüense, argentino, chileno y español, Rubén Darío.
NL
Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.
(Publicado en El Sol, Madrid, 1934)

sábado, 31 de diciembre de 2016

EL CAMBIO DEL MILENIO - ENRIQUE VERÁSTEGUI

El mundo que se avecina no es el mundo que dejamos atrás, ciertamente, pero estará conformado por lo que nosotros hacemos, lo que somos, y lo que soñamos. El mundo que se avecina es nuestro mundo, solo que más concentrado, más precioso, y más refulgente de luz. No pensé, en todos estos años, que llegara el momento en que tendría que reflexionar en público sobre el milenio, el cambio de milenio, y el post-milenio. En cierta medida, el milenio por el que luchamos se nos presenta como una sobrecarga de la palabra milenium que tiene por meta potenciar las energías, tanto las físicas como las mentales, que deben enfretarse a la tarea de construir el futuro entre nosotros. Esta tercera persona pues, dado que se ha extendido como un reguero de pólvora, el término post-modernidad hasta el punto de que se habla de que la post-modernidad ha llegado hasta nosotros y de que, auspicios de esa post-modernidad que consiste en un descentramiento del mundo y en la aparición de nacionalidades, particularidades, y elementos no hegemónicos, debemos concebir que el proyecto peruano -no escribo desde otra parte sino desde el Perú- es un proyecto universal, tan válido como el proyecto francés, norteamericano, o asiático, y que en la comprensión de ese designio nos juzgamos la vida,  y el destino. La diversificación de la cultura, que se produce gracias a la tecnologización del mundo actual, permite que comprendamos que un mundo sin eje hegemónico posibilita el diálogo que un mundo sin eje hegmonico posibilita de entender el destino como nuestro. Ese destino es nuestro por afirmación de un nosotros que no se acompleja entre el mundo francés, o reciprocidad, tiene la posibilidad de expandir una cultura peruana -esto es, la cultura del mestizaje- hacia el mundo. De ese modo, la post-modernidad nos conviene porque nuestra cultura puede erigirse en elemento hegemónico en un muno que ha perdido la conciencia de su propio destino en el mundo. Si la cultura se encuentra avasallada por la televisión y los medios de información de información masiva, hasta el punto que resulta más fácil encender el televisor que abrir un libro, mientras, por otro lado, rubros como la política, o la economía desplaza del interés de las mentes su necesidad de cultura, ello sólo puede conducir al hecho de comprnder que, sin cultura, resulta imposible construirse el mundo tal como lo plantean los ingenieros, o los economistas. Y es que el mundo no es necesariamente el frío dato de las estadísticas que, caa cierto tiempo, cambian de dirección para decirnos que la moda económica es norteamericana,  soviética o, como sucede ahora, asiática, sino la expresión cultural de una comprensión del mundo y, sobre todo de una manifestación que tiene por meta posibilitar la identidad. Esto quiere decir que la cultura no puede ser el vehículo de transmisión de una determinada política sino la manifestación esencial del hombre. Pero, por lo mismo, esto quiere decir también que la cultura es superior a las preocupaciones políticas, o económicas, y que sin cultura, no vamos para ninguna parte. Sin cultura resulta imposible construirse el futuro.

El tiempo de la cultura es el tiempo del milenio. Ese milenio que se avecina, o que, según algunas teorías, ya se encuentra entre nuestras puertas, es un milenio que sólo puede existir a imagen y semejanza nuestra. He escrito algunos libros y, entre ellos, la Ética, con la exclusiva finalidad de constribuir al cambio de milenio y, en verdad, de fundar el milenio que hoy nos convoca en esta serie de actividades multidisciplinares. No pensé nunca ser el portavoz de ese milenio pero Santiago Risso, un muchacho interesado en acelerar el tiempo que nos ha tocado vivir, me ha elegido para pensar en voz pública este tema de un cambio de milenio que, por su complejidad, puede haber empezado hace dos siglos atrás cuando las logias masponicas fundaron Norteamérica, hicieron la revolución francesa e, incluso, se nternaron en territorio latinoamericano e hicieron la gesta de la independencia latinoamericana. Hoy no hacemos más que asisitir al esplendor de la civilización americana pero ese esplendor como muchas vidas y, sobre todo, la decisión siempre enhiesta de construir el nuevo mundo. Que la sempiterna politequería haya obstruído el avance de la civilización american, no quita el proyecto de Washington y Bolivar: el proyecto de un gran continente, que como decíamos antes, hegemoniza al mundo y se dispone a celebrar el milenio. Un milenio que tiene un inmenso tejido cultural detrás pues en los mil años que terminan se han escrito libros maravillosos que han permitido que llegáramos a donde hemosllegado y que, sin dudas, permitirán que avanzaremos más allá del milenio. Sería necesario escribir una encicopleia para hablar del milenio y de lo que nosotros o nuestros padres hicieron por construir el milenio, además de que sería necesario organnizar una serie de simposios y conferencias que tiendan hacia la gran fiesta celebratoria del milenio. Una actividad multidisplinaria como ésta y la fiesta que ello comporta porque, en verdad, tenemos motivos para celebrar el cambio de milenio. Tenemos, sobre todo, una enorme herencia cultural que se agrega al equipaje con el que la humanidad emprende su marcha hacia el Milenio. Debemos decir, también, que ese milenio es una fiesta esencialmente occidental pue estamos celebrando el milenario de Cristo, pero esperemos que otras civilizaciones, como la asiática, la hindý, o la árabe, se plieguen al milenio que celebramos. El mundo está descentrado y la post-modernidad de que nos hablan los periódicos -pero también el filósofo Lyotard- ha hecho del mundo un enorme delta que confluye en el tiempo pero que se diversifica en el espacio. Por ello, sólo tenemos dos caminos: o celebramos el milenario de la civilización occidental, o celebramos la post-modernidad que nos permite tener la ilusión -que, bien vista, no es sólo ilusión de fundar ahora, y aquí, una cultura peruana de signo hegemónico pues el pensamiento francés, a través del mismo Lyotard, ha pedido su cambio de posta. ¿Por qué vamos a caer presas del complejo de inferioridad que nos impida afirmar que en los albores mismos del milenio, estamos haciendo el mejor arte, la mejor poesia, la mejor novela, la mejor filosofía y que estas activvidades multidisciplinarias dialogan con todo el mundo cuando un filósofo como Francisco Miró Quesada es presidente de la Asociacion Internacional de Filósofos, y cuando Mario Vargas Llosa escribe la gran novelística que ha escrito? Sea cual sea el camino que elijamos: saludar la civilización occidental, o saludar la postmodernidad, siempre saldremos privilegiados pues actuamos desde el Perú, el cual es un país del contienente americano. Pero también producir desde el Perú implica poseer la conciencia de la propia frandiosidad de nuestro arte. Si el arte nuestro (...)



miércoles, 14 de diciembre de 2016

Y MIENTRAS ME IBA ALEJANDO DE LOS NUEVOS POETAS LIBRÁNDOME SALTANDO ENTRE LOS HUECOS DEJADOS EN CADA UNA DE MIS PROPIAS PALABRAS UNO DE ELLOS ME DIJO: - ERNESTO CARRIÓN

Y MIENTRAS ME IBA ALEJANDO DE LOS NUEVOS POETAS
LIBRÁNDOME SALTANDO ENTRE LOS HUECOS DEJADOS
EN CADA UNA DE MIS PROPIAS PALABRAS 
UNO DE ELLOS ME DIJO:

–Soñé que la poesía estaba muerta. Don Cabrón, Don 
Mentiroso.
Ex pollo colgado en los mercados como luna amniótica,
como rojada de sandia expuesta a los dientes.

Entonces otro de los chicos pasó una lista
y se oyó su voz todopoderosa trepando al tacto:

¿La poesía mexicana?
–la poesía mexicana está muerta, señor.
¿Y cómo murió?
–Asfixiada en su ego, llena de contenidos indescifrables.
¿La poesía peruana?
–la poesía peruana está muerta, señor.
¿Y cómo murió?
–forrada por sus ruinas enormes, más grandes que 
   Machu Picchu.
¿La poesía colombiana?
–la poesía colombiana está muerta, señor.
¿Y cómo murió?
–de puro aburrimiento, tanto que nadie se dio cuenta de
   su desaparición.
¿La poesía argentina?
–la poesía argentina está muerta, señor.
¿Y cómo murió?
–adolescente, embriagada en un concierto de rock, y 
   ahorcada con su propia bandera.
¿La poesía chilena?
–sospechamos que sigue viva, señor. La estamos buscando.
¿La poesía ecuatoriana?
–la poesía ecuatoriana está muerta, señor.
¿Y como Murió?
–murió desde su nacimiento.
¿La poesía española?
–la poesía española está muerta, señor.
¿Y cómo murió?
–la poesía española lleva décadas muerta, de ella sólo
han quedado huesos que se incrustan en bolígrafos que
se venden por miles de euros.
¿La poesía uruguaya?
–la poesía uruguaya está en coma, señor.
¿Qué significa eso?
–que puede que sobreviva como que muera.
..................
Luego siguieron riéndose,
ampliándo su lista.
Entonces les dije:
ÁBRANSE EL CUELLO BIEN:
PORQUE TODA POESÍA COMPROMETIDA ES UNA POESÍA
  MUERTA
Y TODA POESÍA NO COMPROMETIDA CON EL PRÓJIMO
  TAMBIÉN ES UNA POESÍA MUERTA.
Y TODA POESÍA COMPROMETIDA CON LAS PALABRAS
  Y NO COMPROMETIDA CON LAS PALABRAS
TAMBIÉN ES PURO EMBUSTE.


miércoles, 7 de diciembre de 2016

Si tienes un amigo que toca tambor - Manuel Morales

Si tienes un amigo que toca tambor
Cuídalo, es más que un consejo, cuídalo.
Porque ahora ya nadie toca tambor,
Más aún, ya nadie tiene un amigo.
Cuídalo, entonces.
Que ese amigo guardará tu casa.
Pero no lo dejes con tu mujer, recuerda
Que es tu mujer y no la de un amigo.
Si sigues este consejo, vivirás
Mucho tiempo. Y tendrás tu mujer
Y un amigo que toca tambor.






jueves, 17 de noviembre de 2016

Veo a los muchachos del verano - Dylan Thomas

I


Veo a los muchachos del verano en su ruina
convertir en eriales los dorados rastrojos,
desdeñar las cosechas y congelar los suelos;
y allí, en su ardor, el invernal diluvio
de amores escarchados, persiguen a las niñas,
y echan en sus mareas los sacos de manzanas.

Los muchachos de luz en su locura, coagulan lo que tocan,
agrian la miel hirviente;
hurguetean los muñecos de escarcha en las colmenas;
allí en el sol, frígidas hebras
de oscuridad y duda, ellos nutren sus nervios
y el signo de la luna, nada es en sus vacíos.

Veo a los muchachos del verano en el vientre materno
rasgar hacia la luz la atmósfera del útero,
dividir noche y día con pulgares de duende;
allí, desde lo hondo, con sombras seccionadas
de sol y luna ellos pintan sus dársenas
mientras les pinta el sol los cascos de la frente.

Sé que de estos muchachos han de surgir hombres de nada
hechos por la transformación de las semillas,
o han de lisiar el aire saltando de sus llamas,
desde sus corazones, cuando el pulso candente
del amor y la luz estalle en sus gargantas.

Oh, ved el pulso del verano en el hielo.

II

Pero las estaciones deben ser desafiadas o se tambalearán
en algún cuarto de hora repicante
donde, como una puntual muerte hacemos tintinear las estrellas;
esa noche en que el invierno soñoliento
les tira de la negra lengua a las campanas
y no se atreven a chistar siquiera
los vientos de la luna y de la medianoche.

Somos los oscuros negadores, exorcicemos a la muerte
en la mujer colmada de verano,
arrojemos la vida musculosa de los amantes que se crispan,
y de los muertos limpios que hace fluir el mar
echemos al gusano de ojos brillantes en la linterna de Davy,
y del vientre preñado quitemos el muñeco de paja.

Nosotros, muchachos del verano en esta red de cuatro vientos,
verdes por el hierro de las algas,
levantemos al bullicioso mar y arrojemos sus pájaros,
alcemos la bola del mundo llena de olas y espuma
para ahogar los desiertos con sus mareas
y trenzar los jardines del condado.

En primavera ornamentamos nuestra frente.
Vivan las bayas y la sangre,
y crucificamos a los alegres señores en los árboles;
Aquí el húmedo músculo del amor se aja y muere,
aquí estalla un beso en una cantera sin amor,
Oh ved en los muchachos los polos de la promesa.

III

 
Yo os veo, muchachos del verano, en vuestra ruina.
El hombre en el desierto de su larva.
Y los muchachos son plenos y ajenos en la bolsa.
Soy el hombre que vuestro padre fue.
Somos hijos del pedernal y de la brea.
Oh, ved cómo se besan los polos que se cruzan.

Traducción: Elizabeth Azcona Cranwell
 

domingo, 13 de noviembre de 2016

Vals de Ángelus - Blanca Varela

Ve lo que has hecho de mí, la santa más pobre del museo, la de la última sala, junto a las letrinas, la de la herida negra como un ojo bajo el seno izquierdo.
Ve lo que has hecho de mí, la madre que devora sus crías, la que se traga sus lágrimas y engorda, la que debe abortar en cada luna, la que sangra todos los días del año.
Así te he visto, vertiendo plomo derretido en las orejas inocentes, castrando bueyes, arrastrando tu azucena, tu inmaculado miembro, en la sangre de los mataderos. Disfrazado de mago o proxeneta en la plaza de la Bastilla —Jules te llamabas ese día y tus besos hedían a fósforo y cebolla. De general en Bolivia, de tanquista en Vietnam, de eunuco en la puerta de los burdeles de la plaza México. 
Formidable pelele frente al tablero de control; grand chef de la desgracia revolviendo catástrofes en la inmensa marmita celeste. 
Ve lo que has hecho de mí. 
Aquí estoy por tu mano en esta ineludible cámara de tortura, guiándome con sangre y con gemidos, ciega por obra y gracia de tu divina baba. 
Mira mi piel de santa envejecida al paso de tu aliento, mira el tambor estéril de mi vientre que sólo conoce el ritmo de la angustia, el golpe sordo de tu vientre que hace silbar al prisionero, al feto, a la mentira. 
Escucha las trompetas de tu reino. Noé naufraga cada mañana, todo mar es terrible, todo sol es de hielo, todo cielo es de piedra.
¿Qué más quieres de mí?
Quieres que ciega, irremediablemente a oscuras deje de ser el alacrán en su nido, la tortuga desollada, el árbol bajo el hacha, la serpiente sin piel, el que vende a su madre con el primer vagido, el que sólo es espalda y jamás frente el que siempre tropieza, el que nace de rodillas, el viperino, el potroso, el que enterró sus piernas y está vivo, el dueño de la otra mejilla, el que no sabe amar como a si mismo porque siempre está solo. Ve lo que has hecho de mí. Predestinado estiércol, cieno de ojos vaciados. 
Tu imagen en el espejo de la feria me habla de una terrible semejanza.